La materia orgánica no es basura

Un relato del trasiego de la materia orgánica vivido en el marco del proyecto de Comunidades Circulares de Compostaje Comunitario, basado en la interpretación de lo que he percibido, sentido y experimentado durante las tardes de transferencia de materia orgánica entre compostadores realizando las prácticas del curso de extensión universitaria Gestión descentralizada de biorresiduos mediante compostaje comunitario, en la Universidad de La Laguna.
La revolución empieza en el poyo de la cocina
Si en vez de cubo de la basura hablamos de recipientes para recolectar la materia orgánica que producimos en el poyo de la cocina, el concepto de residuo ya se transforma. Adquiere la dimensión de recurso; y si conocemos un poquito sobre el valor que tiene esta materia orgánica, entonces ya no podremos volver atrás en los hábitos de nuestra vida cotidiana.
Cada vez que tiras una cáscara de plátano al cubo de la basura o las borras del café mañanero, estás perdiendo una oportunidad preciosa de enriquecer con potasio y nitrógeno la tierra que nutre nuestros cultivos. O una cáscara de huevo, con todo su calcio. O los troncos de la lechuga de tu ensalada, con sus aminoácidos, oligoelementos y minerales.
Está claro que la adquisición de nuevos hábitos en nuestra vida cotidiana requiere de un nivel de conciencia mínimo para entender el impacto ambiental, positivo o negativo, que tienen nuestras decisiones. En esta ocasión no vamos a profundizar en el concepto de one health, que se introdujo a comienzos del año 2000 para poner nombre a una noción conocida desde hace más de un siglo: la salud humana y la sanidad animal son interdependientes y están vinculadas a los ecosistemas en los cuales coexisten. Pero me gustaría resaltar la importancia que tiene el cierre de círculos en la naturaleza para preservar los equilibrios, o en su defecto, para perpetuar los desequilibrios.
Seguro que a estas alturas ya estamos familiarizadas con el concepto de economía circular. ¿Sí o sí? Básicamente, es el modelo de desarrollo económico por el que actualmente apuesta la Comunidad Europea, al menos así lo expresa en sus estrategias y planes de acción desde 2015, que implica aprovechar todo lo posible los materiales y productos con el objetivo de extender al máximo su ciclo de vida. Si lo aplicamos a los residuos orgánicos, entonces lo podemos traducir en que podría haber más vida en una naranja después de hacernos un juguito y desechar su piel. La diferencia de cerrar el círculo o no sería devolver esa cáscara a la tierra mediante la generación de compost o tirarla al contenedor gris o verde, para que se dé un paseo (carísimo, por cierto) hasta el “Complejo Ambiental” más cercano, popularmente conocido en Canarias como PIRS. Allí parece que se está trabajando en algo que denominan planta de bioestabilizado, para tratar la fracción orgánica de tal manera que luego se pueda aprovechar por el sector agrícola. Proyectos o intenciones aparte, la realidad actual es que la denominada fracción resto recibe un tratamiento de procesado mecánico-biológico, de incineración o de quema de la materia orgánica para obtener energía, o entonces se deposita en vertedero, a una profundidad que no moleste demasiado a los sentidos de la vista y del olfato de la población general.
Compostaje comunitario es compromiso comunitario
Dada esta realidad poco sostenible, el año pasado se lanzó un pilotaje en la isla de Tenerife, promovido por el Área de Desarrollo Sostenible y Lucha Contra el Cambio Climático del Cabildo Insular, que ha contado con la colaboración de 4 municipios: La Laguna, Tegueste, Tacoronte y El Rosario, junto con la Universidad de La Laguna para la estimulación de la recogida de materia orgánica de domicilios particulares, comedores universitarios, mercados de productos frescos locales, huertos urbanos y centros educativos.
El proyecto se denomina Comunidades Circulares, y para ello, se ha montado el equipamiento de compostadoras comunitarias, que como en todos los pilotajes, ha funcionado mejor en unos lugares que en otros, pero que en cualquier caso ha sido una experiencia de dinamización social muy importante que se ha traducido en un gran aprendizaje comunitario a nivel municipal y de campus universitarios, especialmente gracias a la aportación de materia orgánica por parte de los colectivos implicados.

Compostadoras municipales de Tegueste, Casa de los Zamorano
Un municipio de referencia para este proyecto es el de Tegueste, donde yo vivo. Les pongo un dato: en escasas tres semanas, mi unidad familiar (somos dos personas) ha producido alrededor de 15 kilos de materia orgánica, que ha sido aportada a las lindas compostadoras que salen en la imagen anterior, unas instalaciones bien integradas en el paisaje desde mi punto de vista. Sin olores. Sin ratones. Sin cucarachas. Sin miedos ni fobias.
Vamos a hacer un cálculo rápido. Imaginemos que de los aproximadamente 11.000 habitantes que tiene Tegueste, cada persona aportara 1 kg de materia orgánica a la semana, consistente en pieles de papas, borras de café, cáscaras de fruta y de huevo, restos de pan, troncos de verduras resultantes de la elaboración de un potaje, etc. El resultado sería de 11.000 kg a la semana; es decir: 44.000 kg al mes. Por tanto: unos 528.000 kg al año. ¡500 toneladas!
Y no solo son 500 toneladas de materia orgánica que se devolverían a la tierra para enriquecer los cultivos locales y los jardines urbanos, sino que son 500 toneladas de residuos que NO viajan al vertedero. ¿Sabes cuánto cuesta cada viaje de nuestra fracción resto (contenedor verde o gris) a los vertederos? El viaje, exactamente, no sabemos cuánto cuesta, en términos de coste económico, de tiempo de dedicación por personal, de CO2 emitido y de combustible quemado, pero sí conocemos la tasa de vertido por tonelada, que tiene un coste aproximado de 40 € por tonelada depositada. A esto habría que sumarle otros 45 € por cada tonelada que se va al vertedero en forma de orgánica mezclada. Por tanto, hasta sería el doble, unos 85 € por tonelada… perdida.
Entonces, vamos a plantear el pensamiento de otra manera: siguiendo esta simulación, ¿cuánto se podría ahorrar el Ayuntamiento, o sea, el bolsillo ciudadano, si no paseáramos la fracción orgánica hasta Arico? 40 € x 500 toneladas = 20.000 euritos al año. Casi nada.
Repito: esto es una simulación, pero según datos facilitados por el Ayuntamiento de Tegueste, después de este pilotaje, la aportación de materia orgánica de 40 personas durante seis meses ha producido 2,5 toneladas. Por tanto, ha supuesto un ahorro municipal interesante, con la participación de tan solo un 0.36 % de la población del municipio.
¿Piensa?
Por eso hablo de revolución.
Si te interesa profundizar sobre experiencias de compostaje comunitario, su marco normativo, el proceso de compostaje en sí mismo, protocolos y modelos de referencia, puedes consultar la Guía práctica para la implementación del compostaje comunitario como alternativa para la gestión local de biorresiduos, elaborada por FertileAuro, la Asociación Profesional para la prevención, gestión y tratamiento de residuos.
Una tarde trasegando materia orgánica
Hasta que no metes las manos en el compost, desde sus primeras fases de procesamiento hasta que alcanza su estado de maduración, no percibes la magia de la biología que gobierna todo el proceso.
La fórmula es: restos orgánicos, material estructurante y agua. El equilibrio que se persigue es 25 partes de carbono por una parte de nitrógeno. El material estructurante proporciona estructura, como su nombre indica, y es el responsable de la absorción del exceso de humedad. Lo ideal es que provenga de restos de poda de jardinería, monte picado o pinillo viejo. Proporciona porosidad a la materia, que permite el flujo de los gases que se producen durante el proceso de compostaje. Aquí hay una clave: la aireación. Porque el compostaje es un proceso biológico aerobio, es decir, que necesita oxígeno para que se realice correctamente, para que lo que prolifere sean microorganismos favorables. Por eso hay que voltearlo, airearlo y humedecerlo un poquito. Ha de alcanzar altas temperaturas (hasta 60-70 ºC), para que la higienización se produzca adecuadamente, pero también esto ha de medirse periódicamente, porque nos va indicando si el proceso está ocurriendo correctamente. En este caso, el papel de las personas que se encargan de su supervisión requiere de maestría, por eso se llama a la profesión “Maestría compostadora”. Yo lo veo como un arte, me imagino el trabajo como si fuera el de una alquimista. Y es que las condiciones de oxígeno y temperatura son condicionantes para que proliferen unos u otros microorganismos, así como animales invertebrados, tanto artrópodos como no artrópodos.

Volteo y medida de temperatura en las compostadoras del Aulario del Campus de Guajara, ULL
Lo primero que te llega cuando abres la compostadora es el olor. Si está bien hecho, es bastante agradable. Aromas de café y naranja, con notas que te recuerdan a la tierra mojada después de un día de lluvia. Debe ser por la geosmina, que es una molécula que producen algunas de las bacterias y hongos que participan en el proceso. Fobias aparte, ver trabajar a las cochinillas y a las lombrices es una delicia. ¿Que por qué son tan importantes en la fase de maduración del compost? Pues porque tiene más valor sus excrementos que aquello que consumen; es decir: comen desecho, defecan nutrientes. Una vez más, cierre perfecto del círculo.

Lombrices trabajando en el contenedor de maduración. Aulario del Campus de Guajara, ULL
Lo mío con el compost ha sido amor a primera pala
Y es que, más allá de haber sido partícipe de una actividad comunitaria proveniente de una iniciativa de innovación social como es Campustaje, con todo el valor que implica a nivel personal, impregnarme en compost me ha resultado una experiencia muy terapéutica. Como si cada vez que cogiera una pala para cambiar las pilas de compost entre compostadoras me diera un baño de naturaleza.

Colaboración con el proyecto Campustaje. Aulario del Campus de Guajara, ULL
¿Será porque el contacto directo con el compost se asemeja a una experiencia de grounding, tan de moda? ¿Será por inhalar los fitoncidas que produce la vegetación? Lo voy a investigar.
De momento, ¡a compostar!