Cuándo reducir el nivel de exigencia. Contigo, con los demás y con el resto del planeta.

Si sabemos identificar cuándo hay que hilar fino con nuestro propio nivel de exigencia, tenemos definida una buena parte del camino vital. Porque implica pararse a escuchar al cuerpo y a las señales que nosotras mismas nos enviamos para prevenir el colapso, pero que la mayoría de las veces decidimos aguantar. Aguanta, que tú puedes. El cómo, ya es otra cosa.
Vamos, que nos damos caña todo el tiempo. En el gimnasio ¡aguanta las sentadillas! Piensa en las nalgas duras y lo segura que te sentirás en bañador. En el trabajo ¡aguanta a tu jefe! Hoy en día tener trabajito es una bendición. En tu círculo social ¡aguanta a esa amiga tóxica! Contra, mujer. Si no la escuchas va a pensar que no la quieres. En tu contexto académico ¡aguanta al petardo de tu profesor! Tu futuro está en juego, no te enfrentes a su figura.En general ¡aguanta la presión! Es que yo funciono mejor cuando voy del tirón. En lo sentimental ¡aguanta a ese novio que no te acompaña! Él en el fondo te quiere, pero no sabe hacerlo mejor.
¡Aguanta, ya pasará!
De eso nada. Aguantar hasta reventar NO es la opción válida. No lo es porque precisamente ése es el problema.
Con el tiempo me he dado cuenta de que da igual el número de vueltas que demos. Porque nuestro cerebro, nuestro cuerpo, nos dará la oportunidad de empezar de nuevo. De reiniciarnos, reprogramarnos. ¡Reprogramarnos!
Todo depende de la habilidad que tengamos de observar y de observarnos.
En nuestro día a día todo es un factor. Todo puede representar un elemento clave. Especialmente aquellas cuestiones que ya reconocemos como desafiantes y que intentamos superar activando la tracción delantera, la trasera o las dos a la vez modo 4×4. Y palante. Tiramos para adelante. Que eso es de valientes, fuertes y corajosas.
¿Verdad?
Alguien muy sabia me dijo hace poco que el planeta está palpitando. Y yo creo que podríamos aceptar el colapso actual asociado a la emergencia sanitaria como una llamada de atención necesaria. ¿De quién? De la naturaleza.
También de nuestra propia naturaleza. La de nuestro hogar. La de nuestra salud. La de nuestro entorno profesional. La de nuestro barrio. La de nuestra isla. La de los árboles, los pájaros, las mariquitas, las mariposas, las abejas, las medusas, los camarones, las ballenas, los elefantes, los osos polares, los orangutanes, las amapolas, las vacas, los murciélagos, la lluvia, la atmósfera, la lava… la naturaleza de las comunidades.
Antes del virus ya estábamos a tope
El otro día escuché a una compañera decir unas palabras muy lúcidas. Fue en el Festival de Innovación Abierta Frena la Curva. Reflexionando sobre las causas que nos han traído a la actual situación de salud internacional (recordemos que actualmente están muriendo cientos de miles de personas debido a la enfermedad que produce el COVID-19).
Se planteaba la siguiente pregunta: antes de que este nuevo virus irrumpiera en nuestras vidas, ¿qué estaba pasando en el clima del planeta, en la economía local y global, en la salud internacional, en la sociedad, en la política, en las migraciones animales, humanas y no humanas?
Como no podía ser de otra manera, no puedo evitar hacer la pregunta a escala micro: antes de que este nuevo virus irrumpiera en nuestras vidas, ¿qué estaba pasando en nuestro día a día? ¿Pensábamos en la salud como en el centro de todo? ¿Cómo eran nuestras relaciones personales? ¿En qué estábamos invirtiendo -voluntariamente- la mayor parte de nuestro tiempo? ¿Cómo nos estábamos alimentando? ¿Qué tipo de diálogos internos estábamos teniendo?
Oye, porque nos hablamos. Constantemente, todo el tiempo. Otro caso es que cuando interceptamos en nuestros diálogos internos aquellos aspectos que no nos termina de apetecer afrontar, decidamos desoír o empeñarnos en justificar por todos los medios algo que en el fondo sabemos que no se sostiene.
En un supuesto: si yo constantemente digo ya no puedo más, efectivamente no podré más. Porque ya lo sé y por esa razón me lo digo. Pero seguimos esforzándonos. Un puntito más, tensando la cuerda, porque en cierto modo eso nos excita. Digo, lo de ponernos a prueba constantemente. Porque sabemos que se puede. Y por eso se lo exigimos también a los demás.
Entonces, ¿dónde están los límites? Pues por ahí va lo de escuchar atentamente, para reconocer los puntos de no retorno. Porque son los que, si no paramos, nos llevan derechitas al colapso.
¿Cuándo reducir el nivel de exigencia?
Pues cuando sientas que algo no está siendo justo. Porque a lo mejor tu escala de medir, en ese momento, puede estar muy alta o muy baja. Y puede que sea proporcional a tu nivel de sensibilidad en ese momento.
Tal vez el desafío se encuentra en el punto de equilibrio entre nuestro nivel de tolerancia y nuestra capacidad de sacrificio.
Todas tenemos límites. Nosotras. Nosotros. Ellas. Elles. Ellos. Y el resto del planeta. Así que saber identificar los puntos de no retorno nos puede ayudar a mantener la mente clara para prever las consecuencias de ultrapasarlos.
En mi caso concreto, he descubierto que uno de los resultados inmediatos de reducir el nivel de exigencia y de relajarme con la vida, en general y en particular, ha sido recuperar la RISA. Esa grande, la carcajada, la incontrolable, desmedida y despeinada.
Imagen: Bogomil Mihaylov
Editado por última vez: 14.04.2022
Mar
Leerte me saca a mí una sonrisa. Es como si te viera mientras me cómo tus palabras, tu dulzura y amor es tangible. Soy tu fan número uno. Enganchada a ti!!! Orgullosa de ti…
Sandra
Gracias primadrina. Me hace muy feliz sentirte cerca =)
Noemi Alonso
Me he identificado tanto con lo que has escrito que llevo rato llorando como una boba. Toda la vida trabajando y estudiando, criando a mi hijo y demostrándole que mamá siempre puede, conseguir un buen trabajo, después de muchos muy duros, ganarme la plaza para coger turnos y poder acabar la carrera de mis sueños, pera dar servio a otros, doblando turnos de hasta 17 horas, para ir a clase y no faltar a prácticas sin pedir trato de favor…para perder la salud!!! Qué he hecho?! GRACIAS POR HACERNOS PENSAR, POR ESTE ACTO DE INTROSPECCIÓN
Sandra
Gracias Noemi. Enhorabuena por tu lucha. ¡Eres muy guerrera!
Alguien me dijo un día que «dejar caer esa lágrima» era la clave.
Es posible que la enseñanza más importante que nos puede ofrecer la autoexigencia es nuestra propia capacidad de esfuerzo.
Un abrazo, compañera.
Kenia
Me siento identificada con tus palabras, yo también he llegado a conclusiones similares y tú lo expresas genial. Comparto tu texto, ¡mucha suerte!
Sandra
Muchas gracias Kenia. Me ha hecho ilusión leerte. ¡Sigamos compartiendo conclusiones!
Juana Mari Jiménez Mendoza
Sandra, hoy me has sorprendido con tu blog. Me parece escucharte dando las explicaciones que por momentos me hacías sentir expectante…pero si yo esto apenas lo hablo con nadie…y no paramos de hablar durante todo el viaje. Eras la chispa que daba rienda suelta a todo el aprendizaje acumulado a lo largo de nuestras vidas.
No dejes de sorprender y sobretodo sorprenderte
Sandra
Lo nuestro fue amor a primera chispa ❤️
Gracias, Juana Mari. Tu visión de la escuela ha marcado en mi rumbo una coordenada indeleble.
Iván Lionel De la Rosa
Buenas y bonitas reflexiones 🙂
Sandra
Muchas gracias Iván ?